
Antes que nada me gustaría compartir con ustedes mi definición de adolescencia:
La adolescencia es una etapa en la cual uno comienza a formar su personalidad, a llenarse de sueños a veces hasta inalcanzables, rodeado de ambiciones e ideales sinceros que se defienden incansablemente; una etapa en la cual uno comienza a conocer un poco más el mundo y a darse cuenta de las desigualdades que lo conforman y es entonces donde la angustia y los temores arrasan, y si pueden trasmiten estos sentimientos a sus padres.
El mundo ha cambiado mucho y como necesaria consecuencia los actuales adolescentes también lo han hecho. En la actualidad los niños crecen en un mundo determinado por los cambios y avances tecnológicos, lo que ocurre es que muchos de ellos no disfrutan de las ventajas de los avances de esta nueva era, pero si padecen de sus consecuencias. Parecería que el tener es más importante que el ser, que la violencia, la discriminación y los resentimientos, son características esenciales para subsistir en el siglo XXI.
Por este motivo los adolescentes de hoy no sólo están más alertados sino que al mismo tiempo son creativos, auténticos y persuasivos, pero a su vez se sienten solos y perdidos ante la ausencia de un Estado que parece desconocer sus necesidades. Son los adolescentes quienes poseen las armas para el cambio, quienes tienen las fuerzas más grandes para combatir esta realidad que nos aplasta a grandes y chicos.
A menudo solemos escuchar y leer en los medios de comunicación que la juventud de esta nueva generación no tiene intereses por nada, que no quiere estudiar, que no tiene proyectos ni futuro, que son violentos, irrespetuosos, y tantos otros adjetivos que sólo generan la idea de una juventud de la cual nada se puede esperar, una juventud a la que, por el contrario, hay que temerle y si es necesario reprimirla, excluirla y manejarla.
A mi parecer no son los adolescentes los que están perdidos, por el contrario, la sociedad los está perdiendo, identificando las apariencias con lo real y quedando oculto lo esencial bajo las normas impuestas por una sociedad que parece carecer de sentido crítico. A lo mejor se trate de una funcionalidad al sistema, al que no le conviene que estos adolescentes participen y mucho menos que cuestionen, que exijan sus derechos, que sean protagonistas y construyan una realidad distinta…
Por esto mismo creo meramente imprescindible entender que los adolescentes no son nuestros enemigos y que necesitan hoy más que nunca de la ayuda de la sociedad. Es necesario dejar de lado el miedo y los prejuicios, y a la inversa, empezar a comprender. Estando cerca, escuchando e interpretando sus comportamientos mediante los cuales reflejan no solo su realidad, sino la nuestra, indagándose a uno mismo en vez de indagar al otro, quizás comprendamos que estos adolescentes esperan madurez y seguridad por parte de adultos, y al encontrarlos tan o más perdidos que ellos, quedan a la deriva. Es preciso estimular y guiar a estos niños adolescentes que tantas veces nos piden ayuda y no sabemos verlo.
Por Sofía Rovira - Estudiante de Trabajo Social.
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